Tengo que confesar que me llena de sentimientos ver tantas noticias, y para ser sincera voy a decirlo, tanto show mediático al rededor de la muerte del Mono Jojoy. Así que decidí revivir este blog tan olvidado en un formato totalmente distinto, para expresarme al respecto....
Primero que todo, como humanista, me parece absurdo hacer tanta celebración al rededor de la muerte de una persona, que si bien su vida resalta por sus acciones violentas (para no involucrarme en juicios morales sobre ella) es totalmente inhumano mostrarlo como trofeo de una institución estatal (que se ha presentando tan corrupta y maliciosa a través de la historia) o de una Nación en general.
Que lo hayan matado es suficiente información, los demás detalles que pasan por los noticieros con tanta dedicación son solo para engrandecer el ego (por demás, mal habido) de las Fuerzas Armadas Colombianas, ahora, que además muestren esa imagen del cadáver, a riesgo de ser vista por menores de edad, me parece una irresponsabilidad.
Pero peor aún considero totalmente ingenuo, pensar que con la caída de este líder militar, se vea a la vuelta de la esquina, no solo el fin de las FARC sino de todo el conflicto social que aflige a Colombia hace más de medio siglo. Es realmente, un problema de memoria histórica, de la falta de esta en un país que a lo largo del tiempo se ha dejado convencer por lo que le dicen los medios, evidentemente manipulados por las elites económicas que lo rigen.
Es un problema de memoria histórica, porque el conflicto social no nace de la nada, como lo han querido hacer ver, a punta de términos impuestos como el "narco-terrorismo" o "terrorismo" a secas, tan populares después del trágico 9-11.
El conflicto en Colombia, y me parece increíble pensar que haya gente que no lo asimile todavía, nace de una incipiente desigualdad e injusticia social, donde la población más importante del país, los campesinos, ha sido sistemáticamente despojada de sus tierras desde épocas que a duras penas mi abuelo se acuerda. Y si bien, hay una degradación por parte de las fuerzas insurgentes con la inclusión del narcotráfico en sus métodos de financiación, a mi parecer lo que encrudeció aún más la situación fue la falta de voluntad política de nuestros gobiernos por la búsqueda de una solución real. En una época donde todos los grupos armados insurgentes del continente se desmovilizaban en procesos de diálogo y paz, nuestros intentos de dialogo terminaron frustrados por una violencia estatal de la cual es infame ejemplo la Unión Patriótica.
Muchos pensaran de mi lo que prefieran, al leer estas líneas, pero soy una convencida que mientras estas injusticias y desigualdades se profundicen con las políticas nacionales y transnacionales de despojo, el conflicto armado en Colombia no acabará.
A propósito de lo publicado en diferentes medios, me sorprende, sobre todo el eco que le han hecho los que otrora hubiesen sido los críticos más duros no solo del gobierno en curso, sino en general del régimen político del cual es víctima el pueblo colombiano, a la “buena actuación” por parte de las FFAA. Pareciese que con esta muerte, se saludara con grandes halagos a la política de Seguridad Democrática, que tantos estragos ha hecho en nuestro país, sobretodo en cuestiones humanitarias, y no considero necesario recordarlos.
Esa alegría que leo en la mayoría de los medios por esta violenta muerte no es más sino una muestra de la cultura de violencia y venganza que nos rodea. Ojala exista un día donde podamos enfrentar a nuestros demonios no con dicha venganza, sino con anhelos de reparación y reconciliación para construir una sociedad de verdadera paz y no la paz de los cementerios que se plantea a punta de bala.